jueves 27 de enero de 2011

El cavernícola que quiso ser poeta

Érase una vez un apuesto cavernario enamorado de una elegante cavernaria. Era tal el amor que lo empujaba hacia ella, que el cavernícola sentía que era más que aquello que sus compañeros de caza de mamuts llamaban la coyunda.

Un día, sintió algo por dentro, como una punzada...y pensó que era hambre. Después de comer un bocadillo de jabalí seguía sintiendo esa punzada por dentro, así que se preparó otro bocadillo; pero esa extraña punzada interior no cesaba, así que supuso que no era hambre, pues estaba tan lleno que ni siquiera se había podido acabar el último bocadillo de perdices que se había hecho. Tenía que ser otra cosa, no hambre.

Entonces sintió un repentino deseo de escribir un pareado en la pared. Aunque para ser precisos, él no sintió ni el deseo de escribir ni las ansias de escribir un pareado, más que nada porque la humanidad todavía no escribía y porque nadie sabía que existían los pareados. Aún así, una idea se quedaba fija en su mente:

se escurre la almohada
mientras tu entrepierna está empapada


Su compañera se sentiría verdaderamente conmovida ante tal despliegue de originalidad y, sin poder contenerse, se le tiraría encima...realmente empapada.